"Ritmo del Reptante" (2024) se enfrenta al espectador con una ´visualidad´ de lo elemental, lo abstracto y lo biológico. La chinche, insecto conocido por su habilidad de colonizar y adaptarse a distintos ambientes, es aquí reconfigurada como una pieza de arte digital fracturada, fragmentada en bloques de color. Esta obra no solo representa a un insecto que, como un efímero conquistador, se desplaza de forma meticulosa por el mundo en busca de sustancia; sino que busca extrapolar este comportamiento hacia el humano, cuyo afán de acumulación y organización de fragmentos en un sistema cada vez más atomizado refleja los impulsos subyacentes de la vida moderna. La pared rosada en la que la chinche se desplaza se convierte en un lienzo de contradicciones: la calma superficial del color, que parece plácida y acogedora, se ve irrumpida por la presencia del insecto, que arrastra consigo la idea de la supervivencia, de la agresión implícita en su forma de alimentarse, de la invasión como patrón del ser. La estructura de los bloques tipo Lego ofrece una analogía visual a la creación y destrucción simultánea, en donde las piezas que componen este entorno son al mismo tiempo elementos de construcción y limitación. Es como si la vida misma fuera un código fracturado, cuya lógica no se detiene ante la fragmentación. La chinche, símbolo de adaptación y persistencia, nos remite a los ciclos de intactos, la constante tensión entre el orden y nuestra existencia: las estrategias de sobrevivencia, la imposibilidad de permanecer el caos. Esta obra hace un llamado a cuestionar nuestra relación con el espacio y el tiempo, y si nuestra propia existencia está condenada a ser un proceso de desintegración, donde cada paso hacia adelante es una reconfiguración del orden de lo que hemos sido, con la esperanza, quizás, de encontrar algo que valga "Ritmo del Reptante" (2024) se enfrenta al espectador con una ´visualidad´ de lo elemental, lo abstracto y lo biológico. La chinche, insecto conocido por su habilidad de colonizar y adaptarse a distintos ambientes, es aquí reconfigurada como una pieza de arte digital fracturada, fragmentada en bloques de color. Esta obra no solo representa a un insecto que, como un efímero conquistador, se desplaza de forma meticulosa por el mundo en busca de sustancia; sino que busca extrapolar este comportamiento hacia el humano, cuyo afán de acumulación y organización de fragmentos en un sistema cada vez más atomizado refleja los impulsos subyacentes de la vida moderna. La pared rosada en la que la chinche se desplaza se convierte en un lienzo de contradicciones: la calma superficial del color, que parece plácida y acogedora, se ve irrumpida por la presencia del insecto, que arrastra consigo la idea de la supervivencia, de la agresión implícita en su forma de alimentarse, de la invasión como patrón del ser. La estructura de los bloques tipo Lego ofrece una analogía visual a la creación y destrucción simultánea, en donde las piezas que componen este entorno son al mismo tiempo elementos de construcción y limitación. Es como si la vida misma fuera un código fracturado, cuya lógica no se detiene ante la fragmentación. La chinche, símbolo de adaptación y persistencia, nos remite a los ciclos de intactos, la constante tensión entre el orden y nuestra existencia: las estrategias de sobrevivencia, la imposibilidad de permanecer el caos. Esta obra hace un llamado a cuestionar nuestra relación con el espacio y el tiempo, y si nuestra propia existencia está condenada a ser un proceso de desintegración, donde cada paso hacia adelante es una reconfiguración del orden de lo que hemos sido, con la esperanza, quizás, de encontrar algo que valga la pena en el proceso.la pena en el proceso.

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